El MUNA, cuestión de imagen
Por: Kléver Vásquez

Ante la avalancha de opiniones surgidas en redes sociales sobre el MUNA (Museo Nacional), un amigo quiso saber la mía sobre la propuesta ganadora, por ello me animo a comentarlo y ponerme a tono con el ambiente mediático.
Le dije que, en realidad, a simple vista, la propuesta no me gustó, que había algo que la difería de otras propuestas realizadas por Campo Baeza, quizá sus proporciones, quizá el volumen que tímidamente dudó volverse plataforma en planta baja, quizá la nula relación morfológica con su entorno, o la esquina dejada como espacio residual, no lo sé. A fin de cuentas, aún no he visto la propuesta completa, así que, fue mi opinión basada únicamente en la imagen difundida en redes sociales; es decir, en casi nada o, quizá, ¿en lo único necesario? Más tarde, otro amigo me comentó algo sobre el concepto que dio origen a la propuesta, algo sobre la idea de una caja perforada por la luz del sol que en su interior se volvía dorada. El sol y el oro me remitieron de inmediato a los dioses y objetos de las culturas precolombinas, y cuando volví a ver la propuesta ya no me parecía igual, algo había cambiado… El sol y el oro en las sombras y penumbras de su interior neutralizaron la masividad del objeto arquitectónico. Su simbolismo subordinó cualquier consideración formal o urbana, la triste esquina residual, el tímido volumen de su ingreso, o la nula relación con su entorno pasaron a un segundo plano. Ahora surgieron espacios internos, prácticamente en penumbra, cuya extensión, altura o materialidad sólo se sugerían por la tenue luz dorada que guiaba el recorrido, como adentrándonos con temor y curiosidad en los misteriosos zaguanes que configuran todo pasado… Esa fue la imagen que me hice al escuchar el concepto, una imagen interior que dejó de lado la imagen externa del edificio y, quizá por ello, el edificio tenía que ser un prisma neutral, un bloque ciego e inexpresivo como una caja cualquiera que guarda secretamente algo…
Sin embargo, quiero hacer referencia, más bien, a la cantidad de comentarios que la imagen de la propuesta ganadora provocó en las redes. Innumerables comentarios que, casi en su totalidad, “atacan” la propuesta. Hace rato que una propuesta arquitectónica no causaba tantas reacciones… No sé si eso es bueno o malo para la arquitectura, pero, al parecer, su presencia pública aún no pasa desapercibida. Por lo menos causa indignación; lo que no es para menos, considerando que vivimos en un país donde la indignación, por el shock de las circunstancias y el show de algunos políticos, parece pasmada. Y, a pesar de que, en realidad, hay cosas más graves y urgentes de las cuales indignarnos, no quiero desviarme del enfoque arquitectónico que este concurso ha provocado, porque son comentarios de estudiantes, profesores y profesionales de la arquitectura los que terminan develando buena parte de la cultura arquitectónica que hemos construido.
Muchos de los comentarios rechazan vehementemente la falta de referentes culturales propios del país y exigen que el edificio represente toda la diversidad cultural que existe en el mismo, cuya identidad se manifieste incluso en los materiales y técnicas utilizadas, etc. Al principio creí que se trataba del eterno debate estético que los objetos culturales suelen provocar; me refiero a la distinción que Worringer hizo sobre la abstracción y la empatía que, también puede compararse con la distinción entre abstracción y naturaleza. En este caso, los comentarios apelarían a la empatía, aquella que busca satisfacción en lo bello orgánico y, por ende, en una imitación de lo que se considera naturaleza, oponiéndose radicalmente a la geometría abstracta presente en el edificio propuesto. Sin embargo, y siguiendo a Worringer, la empatía o la satisfacción que el sujeto puede encontrar a través del objeto observado no es más que una proyección sentimental, un goce de sí mismos a través del objeto, una necesidad autorreferencial.
Esa consideración me llevó a la sociedad actual, una sociedad donde cada uno de nosotros construye su identidad diariamente a través de las redes sociales o, si se quiere, un edificio a nuestra medida y en el instante requerido por nuestra inteligencia artificial. Es decir, somos una identidad narrada que deja de buscar la comprensión mutua para convertirse en un relato autorreferencial; por tanto, solo es bueno, bello y verdadero lo que yo así lo decida o me refleje; mi algoritmo no me va a dejar mentir. Esa sociedad de la autorreferencia y el goce personal parece sustentarse en la negación y rechazo de todo aquello que se oponga a nuestros intereses o creencias. En una sociedad así, ninguna propuesta podría satisfacer las múltiples exigencias particulares, cuyas voces, en las redes tienen el mismo valor que la de cualquier especialista o institución. ¿Cuál es el papel, entonces, de un veredicto avalado por un grupo de especialistas en esas circunstancias? ¿Cuál es el papel de las instituciones como representación de una sociedad en su conjunto cuando, las redes sociales desplazan la construcción de un mundo común hacia la construcción de un mundo propio?
Dejando de lado esas preguntas, lo cierto es que, la imagen de un edificio que aún no existe y que quizá, no vaya a hacerlo, pues, el país basa su acción política en la imagen antes que en la obra, ocacionó reacciones y comentarios virulentos y virales que, patrióticamente aparecieron a millares surgir, pero que, en la sociedad de la autorreferencia, podría ser solamente la indignación de quien no aparece en la selfie. Cuestión de imagen, a fin de cuentas.




Me parece que el texto plantea una reflexión interesante, pero también deja una inquietud que considero importante. Encuentro una aparente contradicción cuando el autor reconoce que solo después de reconocer el relato del sol, el oro y la penumbra logró reconciliarse con la propuesta. Lo que me lleva a pensar, fue el concepto el que terminó por resignificar a la forma. Entonces me pregunto: si incluso desde la academia y desde la arquitectura necesitamos de ese recorrido reflexivo e intelectual, para acceder al sentido de un objeto arquitectónico, ¿no corre la obra el riesgo de quedar encerrada en su propio discurso, antes que abrirse como un lugar de reconocimiento colectivo? Pienso que allí no hay necesariamente una sociedad autorreferencial, sino una…
Gracias por esta reflexión. Acabas de definir con mucha exactitud los tiempos que corren hoy en día, a esto le sumamos que los ecuatorianos siempre hemos sido resultadistas y por tanto bastante impacientes, es decir, no confiamos en los procesos (desconfianza que evidentemente no es gratuita), pero creo que es una oportunidad para esperar. Creo que los imágenes hiperrealistas sumadas a la inteligencia artificial, no colaboran a la cultura de la autorreferencia y resultadismo y espero que podamos encontrar formas de combatir esto para no perdernos cosas interesantes por impacientes. Debo añadir como último comentario que tampoco ayudó que el arquitecto de MOADA no diera respuestas contundentes en el foro del CAE, porque considero que hubieron un par de preguntas…
No deja de ser horroroso. Pero se puede al menos ecuatorinizar. Al menos porner unos arúpos carajo!! . Un sol en la esquina. No hace falta mucho cerebro
La penumbra y la luz dorada como principio de diseño y concepto mas un enorme programa, genera este resultado del objeto arquitectonico Introspectivo. Cualidad de un museo que se recorre y se vive al interior...
Y si hay que entender al anteproyecto
con sus potenciales y debilidades, separando la arquitectura de la imagen política que lo patrocina o viceversa
Saludos Kleverin